Visita al infierno (II, sobre pensamiento paranoide)

Interrelaciones entre la experiencia mística, pensamiento paranoide y consumo de drogas alucinógenas

Apuntes sobre pensamiento paranoide, un inciso en el viaje al infierno

En mi experiencia, el hachís, aunque droga blanda, puede ser bastante paranoizante. La mescalina, aunque dura, quizá menos… En principio, el efecto paranoide, como cualquier otro, debería desaparecer después de metabolizar y eliminar los principios activos del cuerpo. Pero, me temo, cuando ciertas zonas cerebrales “aprenden” a interconectarse de cierta manera, existe un riesgo de que se reactive la conexión, incluso bastante tiempo después de eliminado el fármaco.

Quizá no sea ahora el momento de entrar al detalle con el tema de los estados paranoides. Digamos que se trata de un desajuste cognoscitivo relacionado con el ecosistema psicosocial de referencia. Se ven resentidos, distorsionados, nuestros mecanismos de entender a los demás, de comprender lo que piensan, porqué hacen lo que hacen, lo que les motiva, sus intenciones para con uno mismo etc. Entonces vamos formulando hipótesis mentalmente que intenten explicar adecuadamente el ecosistema social que nos envuelve. Unas hipótesis que pueden ser más o menos políticamente correctas, más o menos lógico-racionales, más o menos delirantes.

Como siempre, la frontera entre el pensamiento “normal” y el paranoide no queda muy clara, digamos que nos movemos en un continuum. Cuando actuamos en modo “normal”, también nos vemos obligados a manejar hipótesis en relación con lo que piensan los demás, y el tipo de interrelación que mantienen entre ellos y frente a nosotros (las famosas conspiraciones judeo-masónicas 🙂 ) Un funcionamiento anómalo de ciertas zonas cerebrales (la amígdala, me suena) pueden alterar la percepción del peligro, la percepción de los amigos y los enemigos, la percepción de las intenciones.

Los celos, por ejemplo, son movimientos emocionales que activan con frecuencia estados y suspicacias de tipo paranoide. Y muy especialmente si se potencian con alcohol.

Según el DSMIV, el pensamiento paranoide va asociado a la percepción de intenciones “maliciosas” en los próximos. Digamos que se ven agresiones, o intenciones de agresión donde no las hay, y las pequeñas afrentas se multiplican por mil.

Pero, en mi opinión, ésto es sólo uno de los aspectos relacionados. El meollo del pensar paranoide se refiere a que “los demás” comparten un secreto, un punto de vista, una estrategia, un modo de vida, de la cual el pensador paranoide se siente excluido. No tiene porqué venir referido en clave maliciosa; aunque, de la supuesta exclusión en sí, pudiera derivarse un perjuicio.

Pero, ciertamente, el pensamiento paranoide que atribuye a los demás intenciones maliciosas, incluso homicidas, es el más peligroso y aparatoso, ya que, quien piensa que los demás están confabulados en un complot para asesinarle, puede optar por pasar a la defensiva, tomándoles la delantera a sus presuntos atacantes.

No deja de ser curioso que el cristianismo predique el amor a los enemigos y el perdón de las ofensas. El paranoide hace justamente lo contrario. Ve enemigos donde solo hay amigos, y ve ofensas donde solo hay buenas intenciones. De nuevo tenemos el baile místico-paranoide.

Algunos autores, el DSM creo que también, relacionan el estado paranoide con el misticismo y con sensaciones como de “tener una misión en la vida” (sensación que, por cierto, me acompañó con fuerza durante la mescalina). Se habla, por ejemplo, del síndrome místico-paranoide.

Uno se preguntará que relación puede haber entre el misticismo y las suspicacias paranoides; o qué puede tener de patológico pensar que se tiene que cumplir una misión en la vida. Pero, la tienen.

Durante muchos años le dí vueltas a este asunto y “se me abrieron los ojos” (un poco, al menos) leyendo el libro “El nuevo mapa del cerebro” de Rita Carter (o algo así que se llamaba) donde describía la experiencia mística provocada al aplicar corrientes eléctricas en ciertas zonas cerebrales.” ¡la experiencia mística, localizada en una zona cerebral concreta, tenía que tener una función adaptativa para la especie!” – pensé -.

Algo sobre todo eso, lo comenté en un anterior post: “roles informacionales”, al tratar sobre el rol de líder y de profeta.

Hay varias funciones cerebrales implicadas en todo este asunto, funciones que pueden irritarse con drogas, descargas eléctricas, o epilépticas, o algún tipo de shock ambiental. Unas funciones interconectadas neuronalmente, de modo que, al activarse una de ellas, se producirían réplicas en las demás.

El místico, artista, profeta, poeta o revolucionario, sufre sensaciones místicas, una fuerte conciencia de tener una misión en la vida, todo lo cual le empuja por un camino diferente al de sus próximos; le empuja por un nivel de conciencia diferente, y no reacciona a las mismas motivaciones que sus compañeros. Es de esperar, aquí, una situación, o un reflejo de tipo “paranoide”, esto es: el entorno psicosocial, (que comparte, entre sí, el mismo nivel de conciencia), “se reúne” para hablar sobre el “Extraño”: forman una piña de la cual el místico queda, en cierto modo, marginado. Puede que la piña reaccione con odio, que lleguen a planear su muerte. O quizá con burlas, con indiferencia, con compasión o cierto paternalismo. Pero también, en otros casos, con admiración, elevándolo a la categoría de líder, de Guru, de Guía, en suma, ante el cual someterán su sistema de creencias y actitudes. Que el portador del síndrome acabe con sus huesos en la cárcel, en el psiquiátrico, o liderando una revolución y engordando las páginas de los libros de historia, depende de condicionamientos un tanto aleatorios.

Pero, en fin, quizá vuelva de nuevo sobre esto en otro capítulo.

Acerca de Isar

Investigador de todo...
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